13/12/14

A la virgen morena...

A la virgen morena...
A su merced

Como periodista en un país de altos índices de violencia, inmerso en el desafío de los medios alternativos, sin duda tengo muchas cosas que escribir pero necesito sin perder más tiempo y de forma inexorable cruzar nuevamente la pluma entre mis suspiros, sus sonrisas incógnitas de lectores y los ojos hermosos de la señora guadalupana. Escribo entonces al amor y a los milagros, sin dejar de ser una noticia importante.

Todo empezó con una rosa amarilla a finales de noviembre del 2012, cuando en mi soltería me sentía feliz y satisfecho viviendo en un vals de equilibrio entre vivir por el existir. Y reflexioné si la soledad era mi destino, después de todo no era tan malo como cuentan, era llano y de horizonte previsible, de marcha segura y paso certero.

Entonces pasé por esos senderos urbanos comprando una rosa amarilla para la virgen, bien recuerdo, le dije a la octogenaria viejesita a quien le compré la flor, que solo quería una pues tenía un deseo nada más que pedir, nunca le había solicitado nada a nuestra señora morena, siempre he creído que pasa tan ocupada con tantas querellas de gentecita necesitada, que lo mío, no podría ser tan solo que una molestia más de tanto trabajo misericordioso.

Puse la rosa de pétalos amarillos en un vaso de vidrio y le coloqué tres cubos de hielo por el calor del trópico centroamericano, luego fui a la capilla de San José Obrero a la vuelta de mi casa y en un jardín al costado, está la imagen de la santa y le dije: - “Perdóneme su merced que venga con esta suplica tan egoísta, pues le pido un favor para mí y no por el bienestar de otros que tanto sufren. Sé que usted sabrá la mejor melga de su servidor y la que marque es bienvenida; no vine a renegar de mi destino, estoy aquí mi señora para solicitarle una buena pareja si usted lo considera justo, porque mi soledad no es mala, solo que no quisiera morir sin esa experiencia que llaman amor, ese sentimiento que cuentan que mueve montañas, eso que dicen que se siente como mariposillas en el estomago; permítame entonces si su gracia lo considera, para bien, sentir ese cantar que inspira los sonetos de los bardos, trovadores y griots”.

Respiré hondo al minuto después de haber llegado, me paré y dejé la rosa, cuando de repente vi de reojo hacia atrás a la rosa y noté que se había abierto, sus pétalos despedían ese olor tibio de perfume tenue. Caminé sonriendo sin saber qué pensar, la vida no puede ser tan cursi me dije en mi torpe negación.


Nunca me imaginé que mi correo aéreo volara fugaz con alas de pétalos amarillos, y hubiese tenido una respuesta tan rápida; en menos de una semana había sucedido, sin buscar ni preguntar y en las vueltas del destino estábamos viendo ballet contemporáneo en el Teatro Nacional acá en San Salvador, en ese salón barroco sobrecargado de curvas perfectas, viendo los ojos hermosos de una mujer bella y sus mejillas parecidas a la rosa en el vaso de agua que dejé a su pies abriendo sus pétalos mágicos vanidosos; luego ella me veía y sonreía, extrañada por mi mirada implacable porque ni yo mismo creía lo que sucedía.

Después tomamos vino y visitamos el bar gitano del barrio, salimos luego estrechados de la mano nerviosos como niños chiquitos a la vuelta del primer beso.

Tres años después me veo en la obligación de contar… contar uno de los tantos milagros que su merced cumple, el milagro de poder amar, y no solo eso, ser amado también.

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