29/5/18

Ley de Cultura – El Salvador


Ley de Cultura – El Salvador
(breve análisis)

La ley de cultura de El Salvador fue aprobada hace dos año, sin embargo, hasta ahorita no hay ningún análisis de ella, a no ser la opinión de artistas quienes la han leído y los burócratas que intentan implementarla.

Un ejercicio que realicé desde que se publicó fue preguntar dentro del gremio de artistas y periodistas qué opinión tenían de dicha ley; y lo primero que me doy cuenta es que casi nadie la ha leído, por lo tanto, veo la necesidad de hacer un breve análisis al respecto.

Tomemos entonces como punto de partida la definición de la interrogante ¿Qué es cultura? Podría llenar sendos párrafos dando sesudos conceptos, pero les refiero mejor de lo fácil a lo complejo: Cultura es el legado social que recibimos, y a su vez, es la herencia que dejamos a las nuevas generaciones.

Si nos tomamos el tiempo y reflexionamos un par de minutos sobre este sencillo concepto, llegamos a la conclusión que la cosa no es tan fácil como se lee. Porque el legado que recibimos es económico, político, ideológico, patrimonial… ah, y también artístico.

Es decir, somos complejos, estemos donde estemos o, seamos quienes seamos. Por lo tanto, legislar la cultura no es cualquier cosa, ¿cómo hacer leyes que procuren el cultivo de patrones de conducta y valores que nos beneficien a corto, mediano y largo plazo?

Ley de Cultura – República de El Salvador

Si ven el cuadro anterior sentirán lo mismo que yo cuando lo leí por primera vez: Wauuu… me quedé con la boca abierta, y dije a mi mismo, “esta ley está en todo…” porque asume que el comportamiento (colectivo) es un patrón cultural. 

Pero por desgracia apenas era la segunda página del documento, en la medida que fui leyendo hoja tras hoja perdí en forma paulatina el asombro inicial, y luego al final, terminé  con la simple conclusión conformista: “Bueno… peor es nada”.

A pesar que la ley identifica y define asertivamente: cultura, identidad, diversidad, el derecho de los pueblos originarios, la diáspora; e incluso, introduce y fortalece conceptos culturales importantes como: la producción, la industria, el artista, la protección intelectual y el fomento de las condiciones optimas  para el desarrollo cultural.

Los primeros tres capítulos podrían ser lírica jurídica, lo malo fue cuando llegué a la página 8 donde habla sobre la gestión estatal de la cultura, y de ahí en adelante pude ver un cambio radical en el espíritu de la ley.

Según el resto del documento la cultura se institucionaliza  a favor de los burócratas y de las elites artísticas, dándole a ambas, el rol dominante del discurso cultural y la concierna artística, dejando afuera la diversidad, el crisol de las expresiones populares, sean las que fuesen.

Qué quiere decir esto; bueno, esta ley desentiende que la cultura es un intangible social de dos variables: emisor y receptor, en donde ambos son actores protagónicos, ni uno es más importante que otro. Las conductas colectivas y sus expresiones de identidad marcan patrones, y viceversa, los artistas y su producción son el reflejo propositivo de cambios positivos. Por eso se dice que las sociedades son dinámicas.  

Pero qué tanto el público se identifica con el artista, qué tanto el burócrata le interesa el patrón cultural y los valores conductuales de la gente, y por último, qué tanto la producción cultural es fomentada.

En estas reflexiones anteriores la ley no nos da respuestas claras. El fomento artístico lo centra en un aparato burocrático (que como sabemos puede ser arbitrario), y por otra parte el apoyo a la producción cultural lo conciben en una serie de premios como estimulo de un discurso artístico homogéneo, es decir, unidireccional, elitista, y por qué no decirlo, dictatorial.

Entre otras observaciones la ley no menciona en forma clara otras expresiones de diversidad cultural, limitándose a nuestras raíces originarias (cultura mesoamericana); el documento no asume nuestro multiculturalismo, no hay ningún reglón sobre las afro descendencias, o sobre otras identidades llámese árabes, sefardíes, entre otras.   

Como periodista o crítico no es mi afán descalificar un trabajo legislativo que en esencia quizá es bueno; aunque para emitir un juicio más certero admito que es muy pronto para hacer una evaluación de la verdadera dirección que lleva la Ley de Cultura.

El Ministerio de Cultura apenas se estrena y el beneficio de la duda aun es de ellos, por lo tanto, lo que sí puedo recomendar a cualquiera antes de juzgar es: leer la ley.