8/9/16

La cultura de la ignominia

La cultura de la ignominia

Lo que antes eran “maras” o pandillas ahora han evolucionado y se han convertido en estructuras de crimen organizado, con logística e inteligencia. La historia se repite una y otra vez a lo largo de las décadas y, porque no decirlo, de los siglos.

Los problemas son conductuales, los fenómenos sociales nos llevan a abordar la solución de éstos en una forma inmediata pero no integral. Al final el resultado es un virus que no es eliminado en su totalidad, quedando alojado para resurgir en nuevas generaciones, siendo cada vez más agresivos.

Muchos líderes de opinión, analistas e incluso políticos hablan que el principio de la problemática es “cultural”, eso se escucha tanto que resulta ser un cliché, una explicación que se repite del diente al labio, sin saber asumir la culpabilidad que tenemos cada quien.

Vamos a ocho años de un gobierno de “cambios” pero no veo una reforma educativa ni cultural (revolucionaria), que transforme los cimientos de la identidad nacional, de la conducta colectiva, los valores culturales, de los niveles de percepción de la historia que necesitamos para construir un mejor futuro.

La cultura de paz no pasa de charlistas que llegan a las instituciones a impartir diplomados al respecto, sin abordar a profundidad el asunto. La verdadera cultura de paz pasa por conocer la historia y asumir una identidad nacional a la altura del desarrollo.

La historia que nos enseñan es una línea de sucesos y acontecimientos tergiversada en la que nos cuentan las gestas de los mismos que nos han dañado a través de los siglos: “Los ilustrados deben gobernar, son los paladines defensores de la patria”.


Cuestionar los actuales valores nacionales es el inicio para la solución de la situación problemática que vivimos, asumiendo que cruzamos los mayores niveles de violencia en la historia del país, en otras palabras, es entender que esta ruta socio-cultural que hemos tomado nos ha llevado a un Estado fallido.

Esta no es una percepción mediatizada como algún detractor podría refutar, es la realidad que vive cada salvadoreño: no poder emprender un negocio sin considerar la “renta” de las pandillas, o en su defecto el gasto oneroso de seguridad que implica abrir las puertas al público; no poder circular con libertad en el territorio sin estar con la zozobra de la criminalidad, ¿Cuántas personas ha desocupado sus casas por huir de la inseguridad en sus colonias o barrios? Eso no es normal en un país, eso no es una mala percepción mediática.

El nuevo éxodo que sucede en la actualidad es deprimente, miles y miles de salvadoreños están huyendo y viajando en condiciones infrahumanas, arriesgándose por que huyen de los niveles de criminalidad.

Ahora hago la pregunta del millón: ¿Cómo hemos llegado a esto? (Respuesta) Porque hay intereses ocultos que así lo requieren. Hay quienes quieren que la inseguridad se mantenga, así los niveles de riesgo serán altos y los “intereses” financieros irán en aumento, del 17, 20, 25 y hasta 38 porciento. También los costos de seguridad implican agencias, contratos onerosos e importación de armas.

A manera de ejemplo, ¿Cuántas personas han dejado o quitado su tienda en el barrio donde viven por la inseguridad? ¿Quién se beneficia en forma indirecta? El supermercado ¿Quién quiere ser presidente del país? ¿Acaso le interesará a esta persona que resurjan los emprendedores o fortalecer a las PYMES para que sean su competencia?

Así podría continuar hasta cansarme hablando de cómo la gran empresa elimina al pequeño comerciante de forma desleal, de cómo los “ilustrados” o “iluminados” han gobernado a lo largo de la historia jugando a la ignominia, a la ofensa pública entre sí; siendo en realidad los oprobios de la dominación a través de mantener los niveles de cultura y educación al mínimo.

Dejo nada más la reflexión al respecto para que el lector tenga algo en qué pensar más allá de las distracciones en que caemos, en esos tontos cartelitos que nos muestran los troles a sueldo.




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