10/6/19

¿Qué tan nacionalista somos?

¿Qué tan nacionalista somos?

Todas las personas aman a su país, todos abrazan la idea de que su nación es la mejor, o al menos la creencia que el terruño natal es prodigioso y vale la pena encariñarse de él, defendiéndolo a capa y espada contra cualquier malhechor deslenguado.

No obstante atrás de todo eso hay una estela perenne de hipocresía, por lo cual muchas veces nos confundimos y llegamos hasta engañarnos a sí mismos.

Cómo es posible que amemos a nuestro país y lo tengamos tan sucio; pero no solo eso, lo envenenamos de diversas formas sociales, tanto, que no pocos, sino muchos decidan migrar o huir, otros simplemente sobrevivir y una multitud más que se acomoda ante los crímenes humanos y ambientales.

Hablemos primero del territorio. Cuando vertimos a los ríos y lagos plomo y otros metales pesados, eses fecales sin tratamiento, contaminando hasta los mantos acuíferos y comprometiendo el futuro de las nuevas generaciones, me imagino que esa parte no la vemos cuando gritamos a todo pulmón, “Mi país es el mejor del mundo… jodidos”.

Cuando estamos en esos estados de euforia, o bien, de nostalgia melancólica nacionalista, en esos instantes nos hacemos los mareados, sabiendo que en el país hay playas que parecen basureros y ríos que son verdaderas cloacas de aguas negras.

Por otra parte, por el lado de las contaminaciones sociales disfrutamos como dundos el ensalzamiento de la transculturización, y que conste… eso no es malo, lo malo es hacerlo sobre el peyorativo de nuestra cultura originaria, el americano; es decir, el desprecio como valor popular al indígena, y en contraparte tomamos como un irrefutable modelo a seguir la iconografía y gustos foráneos, tarareando ritmos y letras que ni entendemos.


Sin embargo, seguimos diciendo que amamos al país. “Es que es lindo El Salvador”, o bien, “…como México no hay dos”, “Guatemala el país de la eterna primavera”; y así el vox pópuli de cada nación.

Vemos con normalidad la indigencia infantil, eso quiere decir que muchos de nuestros niños crecen sin garantías mínimas de superación y educación. Cuando esto sucede es porque el Estado y la sociedad como tal fracasan, obviando su responsabilidad humana, por un desapego y desamor al entorno, es decir, al país mismo.

Por eso me parece contradictorio vernos exaltando el fervor patrio. Son nada más que muestras de hipocresía, quizá inconsciente, de aquel que bota la basura por doquier, el que se mea en la acera donde otras personas caminan, el que lleva a su perro a que se cague al arriate del vecino, el que escupe como hábito, el que encuentra un celular y se lo apropia en vez de buscar al dueño.

O bien, el juez que nunca falla contra la tala de árboles, el abogado quien lo corrompe, el publicista que promueve "el desarrollo y el trabajo", el burócrata que archiva el caso, el ambientalista que hace denuncias tibias, el periodista que no lo agenda como noticia y el presidente que no se le ocurre ninguna idea para evitarlo.

¿Acaso no les da tristeza el agua de los ríos? ¿No sienten nada al ver a la infancia y adolescencia del país en condiciones de profundo riesgo?

¿Acaso creen que es nacionalista el empresario que vende y promueve el agua embotellada?, sabiendo que el derecho constitucional es que el líquido vital llegue a todos de forma potable.

Permitimos como algo cotidiano la injusticia, la locura social, mientras seguimos afirmando que amamos al país. Decimos ser nacionalistas puros, de corazón, llegamos hasta estampar banderas en las prendas que vestimos, o peor aún, adoptamos “el nacionalismo” como parte de nuestra torcida línea ideológica.

No hay comentarios:

Publicar un comentario